Balthus: una visita al estudio del misterio

Por: SentiLecto

El atelier de Balthus, 17 años después de su muerte, sigue manteniendo cientos de pinceles en tarros de cristal por mesas y banquetas una carta abierta, diarios por los pisos un reloj de pared anclado en las diez, un libro de Delacroix, una estufa fría, mesitas con goterones amarillos, azules y rojos, lienzos de cara a la pared, un espejo y un enorme cristal orientado al norte que alberga el aluvión de luz agrisada que cae densa desde una montaña que cuida Rossinière. Taburetes son botes de cerámica. Los pisos son trapos ensuciados de óleo.

“Todo se acuerda en el estudio. En la lentitud de su tiempo. Me encantan esas horas que paso viendo el lienzo, meditando sobre él. Viendolo. Horas incomparables en su silencio”, ha escrito el propio Balthus en sus Memorias .

“se lo ha hospitalizado por la mañana en Lausanne y Balthus “se lo ha hospitalizado por la mañana en Lausanne y me o seria demasiado tarde. solicitó: “Quería volver a casa”. o seria demasiado tarde. Lo instalamos con el oxígeno en la habitación y mencionó que quería estar solo y nos quedamos mi hija y yo, juntos tres horas. Me solicitó ir al taller, vio el cuadro y mencionaba: ‘debo terminarlo’, después me solicitó volver a casa y falleció”.

Este estudio es un enorme hangar a sólo 30 pasos de la frente de su casa, que en tiempos ha sido el mayor chalet de Suiza, un espectacular caserón de 40 habitaciones que antiguamente ha sido hotel, reposo nocturno de Victor Hugo y dormitorio eventual de algunos de aquellos alumnos aristócratas británicos de los siglos XVII, XVIII y XIX que a caballo o en carruajes trasladarse hasta Florencia buscando luz y conocimiento, el Grand Tour. Hace 284 años, Balthus, que había ido como emisario cultural del Gobierno de Francia a instancias de su amigo André Malraux, se ha encaprichado. La fecha de construcción y varias frases grabadas y pintadas en negro atraviesan la frente de madera.

Hace 41 años, Pierre Matisse ha satisfecho su capricho ha vivido entre el silencio de la Suiza de Francia. Pierre Matisse es su marchante. Hace 17 años, ahí murió el artista, nacido como Balthazar Klossowski de Rola en París en 1908. Ahí se ha empeñado en fallecer, al lado de su segunda conyuge, la pintora Setsuko, a la que cuando ella tenía 20 años y él 54, ha conocido en el Japón de 1962 como intérprete. Ahora, la viuda es quien certifica las obras del artista y la hija lleva las riendas de los derechos.

Setsuko recibe vestida con kimono, el pelo muy estirado recogido en un moño y unas sandalias de suela de madera. A las cuatro de la tarde. En una estancia de la planta baja del chalet, un filipino que ha estado 10 años trabajando en Barcelona y que se llama Omar sirve con chaqueta blanca hasta cinco modalidades de té. En una mesa descansan partes de galletita, mandarinas, kiwis, nueces y cacahuetes. Es el agasajo a los visitantes en el chalet tras ver el atelier.

Ni Setsuko ni el sirviente de Filipinas ni la quiere de llaves vestida de teresiana tienen apuro. No se estila. Se conducen por las estancias con sigilo, entre fotografías consagradas al artista por Cartier-Bresson, varias obras colgadas e inacabadas del conde, dos gatos y dos canes que encerraron para que no fastidien, paraguas y roperos acristalados que cuidan muñecas de porcelana, antifaces y marionetas. Hay relojes de pared y otros que descansan sobre consolas, mesas y bargueños al lado de sillones y sillas de terciopelo. Todo dormita.

Nada hace sospechar que el hombre que ha vivido aquí escandalizase hace un año a 10.000 biempensantes por exhibirse en el Metropolitan de Nueva York un cuadro que retrata una lolita que deja observar su vestimenta interior. El cuadro del solivianto, Teresa soñando , ya se pudo observar en una retrospectiva en el Reina Sofía en 1996.

“Creer que en mis nenas hay un erotismo perverso es quedarse en el nivel de las cosas materiales. Es no comprender nada de las languideces adolescentes, de su inocencia, es ignorar la verdad de la infancia”.

Un pintor también se hace imitando al otro. Balthus se ha ido tallando mientras copiaba las líneas de Poussin en el Louvre, trasladarse en 1926 a Italia para estimar in situ los frescos de Giotto, Masaccio y, sobre todo, Piero della Francesca, a quien seguirá siendo leal hasta el final. En el atelier de Rossinière, en un mueble bajo con tres alacenas, descansan catálogos de Della Francesca, de Goya, de Bonnard, de Cézanne, de Giacometti, de Braque.

Los cuadros de Balthus muestran figuras yacentes, adormiladas, tendidas, ajenas. Nenes o adolescentes viendo la nada, habitantes de una ensoñación. Como hipnotizados. Los ojos abiertos, las manos caídas sobre los brazos de una silla. Al lado de una taza y un plato con una fruta. Mujeres de pie con un libro en la mano viendo hacia el espectador -Retrato de mujer – o sentadas sobre el margen de una mesa al lado de una pequeña jarra de cristal -Retrato de la señora de Paul Cooley . “A ciertas señoras adineradas las penalizaba sentándolas en posturas molestas, como en ese margen de la mesa, hastiado de tanto compromiso social”, menciona él/ella Se.

Balthus disfrutaba de Mozart -“ni un día sin Mozart”, de Così fanática tutte al lado de sus gatos derribado en la sala de la casa, pero no en el estudio, donde todo es recogimiento, un enorme galpón de cuatro metros de alto donde se adensa el tiempo. Pasear entre ceniceros y butacas, la chaisse longue y los cuadernos tiene algo de insolencia, de haberte colado sin autorización en la habitación de alguien que nunca ha tenido apuro; en sus 92 años apenas ha firmado 350 pinturas. Inclusive ha tenido un tiempo de 16 años en que sólo terminó 20 obras.

“Tengo fama de pintar un cuadro en diez años. Yo sé cuándo está terminado. Por lo tanto, cuando está cumplido. Ninguna pincelada, ni el menor rastro de color tienen que corregir el mundo por fin alcanzado, el espacio secreto por fin recibido”.

“Hay dos tipos de pintores, los que se alimentan de la realidad exterior y los que recrean su mundo interior, los que tienen su propio repertorio; a este grupo pertenecen Degas, Gauguin y Balthus”, menciona Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen. Y acota Paul Lombard: “Su pintura sabia y soñadora escapa de la premeditación. No quiere maravillar, encanta; no quiere causar, cautiva”.

Para adentrarse con cautela en el mundo Balthus se tuviera que visitar una pequeña capilla desacralizada en el propio pueblo donde, al lado de libros de artistas y carteles del conde, se puede observar un documental que sobre Balthus ha dirigido Wim Wenders. Un aperitivo que aproxima la ingravidez en la que se funcionaba este hombre mundano, misterioso, distante y cortés, orgulloso, refinado. Y místico a su manera.

“La pintura es una manera de entrar al misterio de Dios. No hay vanidad en ello. Más bien humildad”.

Cuando el Reina Sofía le consagró una retrospectiva entre enero y marzo de 1996, nunca ha llegado visitar España, ni, pero sí observó en Suiza aquella exposición con los grandes tesoros del Museo del Prado que trasladarse por Valencia, Barcelona, Aviñón, Lausana, Ginebra y vuelta a Madrid durante los tres años de la Guerra Civil.

“Picasso venía a verme. Me mencionaba: ‘Eres el único de los pintores de tu generación que me interesa. Los demás quieren ser como Picasso. Tú no'”.

Setsuko, de forma muy ceremoniosa en medio del taller del pintor donde mantiene, como si estuvieran enfriados en el tiempo: la butaca de Balthus, la mesa con decenas de pinceles, el cenicero lleno de colillas, las lentes o el óleo inconcluso sobre el que estaba trabajando, señala: “”se le puede escuchar, cuando alguien menciona algo eso es la libertad -informa-“. pero a mí me interesa la visión artística, que la gente lo vea como arte; la observación no me interesa”, si no es así.

A Balthus le interesaba ser él mismo. Él apostaba por la lentitud de Giotto, cuando el terremoto del surrealismo sacudía Europa; en los años convulsos de las vanguardias, cuando los ismos se superponían unos a otros, cuando Picasso absorbía y deglutía todas las tendencias y las hacía suyas, Balthus no se movía de su casillero, permanecía leal a sí mismo. “Pintar no es representar, sino penetrar. Ir al fondo del secreto”.

Y Rainer Maria Rilke. El poeta ha estado a su vera desde el comienzo. Cuando era un chaval con preocupaciones, balthus, tal vez, no hubiera sido quien ha ido sin su voto de confianza cuando. El escritor, que quiso a su madre, le ha escrito un prefacio que sostuviese sus primeros dibujos y le ha regalado una Divina Comedia. Sus miradas eran próximas y Hace 120 años, tal vez ya han estado, cuando el poeta ha escrito en su Diario florentino lo siguiente: “Cuidad el arte para que permanezca ajeno a la discusión actual; porque su nación está más allá de toda época. Sus peleas son como las tormentas que llevan simientes y sus triunfos son como la primavera”.

La espiritualidad de los cuadros silenciosos de Balthus, su temperatura sin termómetro, el mercurio de sus colores, de sus figuras leves, sin tiempo, flota aún en este estudio donde ha pasado sus últimos 25 años. Como recuerda James Lord en el libro Balthus , ya estaba de vuelta, hastiado de la banalidad, de las fiestas de disfraces que planeaba en Villa Médici de Roma, cansado de la época en que vivía en el château de Chassy con “un mayordomo de Italia, vestido con una chaqueta blanca con galones dorados” que daba la bienvenida a críticos y coleccionistas.

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Fuente: El Mundo

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La historia de esta noticia a partir de noticias previas:
>Balthus: una visita al estudio del misterio
>>>>>Vuelve Balthus, el enigmático pintor que sigue luchando contra la intolerancia – November 17, 2018 (El Mundo)

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