Por: SentiLecto

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Tuvimos «cierta fortuna», si el origen es bacteriano. Unas dosis de antibiótico nos suelen devolver a un estado normal en pocos días o semanas.

Cuando el origen es vírico la situación, por el contrario se complica. No disponemos de un arsenal antiviral al mismo nivel, ni en cantidad ni en eficacia.

El sistema inmunitario es, en muchas oportunidades, nuestro único aliado.

Aunque habitualmente se confunden, ambos grupos de microorganismos son radicalmente diferentes y no deberíamos ponerlos en el mismo saco.

Los bacilos son instituciones vivas unicelulares que no poseen un núcleo definido , a diferencia de las células humanas .

Forman parte de lo que conocemos como microbiota, cuando los bacilos conviven con nosotros.

Existen decenas de miles de especies que forman parte de este concepto, de tal manera que lo podemos estimar como un órgano más de nuestro cuerpo.

Sus genes contribuyen casi cincuenta veces más información genética que la que tenemos en las células estrictamente humanas en nuestro cuerpo.

La coexistencia suele ser pacífica, y tanto nuestras células con núcleo como nuestros bacilos conviven.

Conocemos bastante a nuestros bacilos, podemos controlar sus engranajes patogénicos y pelear las enfermedades que producen.

Si se dispone de un antibiótico adecuado, tratar una enfermedad bacteriana puede ser relativamente asequible.

Una pandemia implica una trasmisión sostenida, eficiente y continua de la enfermedad de forma simultánea en más de tres lugares geográficos distintos. Tal vez ya estemos en esa etapa, pero eso no es sinónimo de muerte, pues el término no hace referencia a la letalidad del patógeno sino a su transmisibilidad y largo geográfico.

Salvo en algunas infecciones graves causantes de neumonías o tuberculosis, o en aquellas ocasionadas por bacilos multirresistentes, una terapia antibiótica adecuada contrarresta la acción bacteriana.

Los virus son otra cosa. Se trata de agentes infecciosos que necesitan de modo inexorable parasitar a una célula viva que les dé cobijo, para poder sobrevivir y copiarse.

Lo mismo que nos ocurre a los viajeros humanos, cada virus elige por un tipo de alojamiento, que elige de modo más o menos específica.

Cuando un virión posee la llave de la cerradura que permite el acceso a la célula, la puerta se abre y se causa la infección vírica.

Toman el control de su maquinaria para beneficio propio, a costa del aniquilamiento total o parcial del propio huésped, una vez que invaden las células humanas.

Y para ello se valen de múltiples planes, que adicionalmente son mucho más variables que las que poseen las células.

Lo malo es que los antibióticos no les hacen ni cosquillas.

Esto es, para tratar una infección de origen vírico- el efecto que producen en nuestra institución es debilitar a nuestros aliados bacterianos, cuando se usan de modo inadecuada -.

Salvo en aquellas excepciones en que virus y bacilos nos atacan de modo coordinado, usar antibióticos ante una enfermedad vírica afecta negativamente a nuestra salud.

Está debilitado por otra causa, las consecuencias de una viriasis pueden ser leves, como sucede con el catarro común, si no existe una patología previa o nuestro sistema inmunitario.

Sencillamente nuestro cuerpo reacciona y soluciona la dificultad de modo autónomo. Solo nos supone una semana de debilidad que suele aliviarse con tratamientos sintomáticos .

Para pelear frente a virus más agresivos, con patologías asociadas más graves, disponemos de algunos medicamentos antivirales.

Sobre todo después del bagaje que nos supuso el sida, que ha hecho que incrementara el número y variabilidad de los antivirales disponibles.

Cada uno se puede aplicar solo a unos tipos concretos de virus, porque los engranajes de acción de cada virus son distintos.

El objetivo de un antiviral consiste básicamente en inhibir la replicación del virus.

Cada medicamento lo pretende en una fase diferente, bloqueando ya sea la adhesión del virus a la célula, la penetración, la copia de su ácido nucleico, el resumen de nuevas proteínas o la maduración/liberación de nuevas partículas infecciosas.

Todos los planes no intentan sino dar tiempo a nuestro sistema inmunitario para ponerse al día, y pelear desde dentro la enfermedad.

El VIH puede tratarse con la administración de antirretrovirales, atacando a una proteína específica que permite al virus contestarse.

Sin embargo, frente a otros virus respiratorios como el coronavirus o la gripe este plan no es probable.

Ahora mismo para pelear el coronavirus se están administrando de modo compasivo antivirales efectivos frente a otros virus como el del Ébola, Marburg o MERS.

«Se autoriza su empleo para una indicación no vista en su ficha técnica, sin certidumbre absoluta de que vaya a servir», queremos mencionar Con compasivo.

Nos mencionamos a compuestos como Remdesivir, Oseltamivir o Ritonavir, que se están probando en los hospitales para tratar la pandemia.

Inclusive tratamientos frente a la malaria como la cloroquina parecen tener algún efecto positivo.

En unos meses vamos a disponer de vacunas frente a este coronavirus, si la precauciones actuales se confirman. Y eso sí, en general frente a los virus deberíamos hacer uso de todas y cada una de las vacunas disponibles.

Solo hay una pega, y es que, como los virus mutan de forma persistente e inexorable, disponer de vacunas cien por cien efectivas es imposible.

Nos encontramos ante un escenario conocido, si ya estamos inmunizados por una exposición previa o disponemos de una vacuna.

Ante la pandemia ocasionada por un virus nuevo como el SARS-CoV-2 , no obstante, tenemos otro más impredecible.

Estos artículos están elaborados por cerca de 700 autores distribuidos por todo el planeta. Es ciencia en común, compartida y en abierto. Hace 17 años, cuando sucedió lo del SARS, se ha tardado más de un año en obtener menos de la mitad de artículos, en 2003.

La capacidad de reacción es menor y hasta que no existan vacunas o se haya inmunizado por exposición gran parte de la población, se desconocen los efectos.

Llegados a este punto me aparecen unas incertidumbres. Si en unos meses, o quizás años, disponemos de una vacuna frente al nuevo coronavirus, ¿nos la pondremos? ¿Surgirán también movimientos antivacuna frente al coronavirus? Las preguntas quedan en el aire.

*Sergi Maicas Prieto es profesor titular del Departamento de Microbiología y Ecología. Director del Máster en Biología Molecular, Celular y Genética, Universitat de València.

Se ha publicado este artículo originalmente en The Conversation y está copiado aquí bajo la autorización Creative Commons. Haz para leer la historia en su versión original.

Fuente: BBC

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La historia de esta noticia a partir de noticias previas:
>Coronavirus: por qué los virus son tan difíciles de tratar en comparación con los bacilos
>>>>>Coronavirus: 10 buenas noticias sobre la epidemia (como que ya hay 8 proyectos de vacuna) – (BBC)

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