La desunión europea

La UE se afronta estos días a una de las peores crisis de existencia desde su fundación. A los estados miembros les está costando ponerse de pacto respecto de cómo gestionar la crisis de refugiados. A la luz de la reunión de los ministros de Justicia e Interior Europeos parece que una vez más se llegó a un pacto de mínimos en el que los tira y afloja de las posturas afrontadas dieron como resultado la redistribución de 160.000 refugiados, pero sólo a cambio de un mayor control de las fronteras europeas. Esto significa negocio para las mafias; ya se sabe, a mayor peligrosidad, más caro el trayecto es cobrado.

En reiteradas oportunidades fuimos testigos de la profunda división que existe en el seno del Consejo Europeo en relación con las políticas de inmigración y refugio. Tradicionalmente, los seis países fundadores han letrado por una mayor comunitarización de estas políticas ayudados por los países nórdicos. Si bien sus posturas pueden flexibilizarse en función de una gestión favorable a sus intereses, un segundo conjunto de países, ubicados en lo que podríamos denominar periferia europea, analizan esta crisis en términos domésticos. Ubicaríamos en este conjunto a España, Reino Unido y Austria. En último lugar aparecen los nuevos estados miembros que no consideran esta cuestión de alcance europeo y, por lo tanto, no están dispuestos a renunciar a su principal obsesión en este momento: la política de seguridad y defensa europea en relación con Rusia.

Solidaridad interior. El crecimiento persistente de las desigualdades durante los últimos años se opone claramente al objetivo de la imparcialidad y la cohesión social. Mientras que las recientes representaciones frente al problema de la inmigración y el refugio demuestran un bajísimo grado de solidaridad exterior, las recetas usadas para resolver los problemas de la crisis pusieron totalmente en cuestión la solidaridad interior. ¿Por qué ha sucedido esto? ¿Se quiere reconducir?

La inflexible postura de Hungría, Polonia, República Checa, Eslovaquia o Rumanía en relación con la crisis de refugiados puso sobre la mesa algo que desde 2004 se rumoreaba en voz baja por los pasillos de Bruselas: la profunda división política y de valores existente en Europa desde la incorporación de estos estados a la UE. Éste es sin incertidumbre el resultado de unos procedimientos de construcción nacional sostenidos sobre concepciones etnoculturales y exclusivistas que son por los que transitaron estos países desde el comienzo de sus procedimientos de cambio político tras el final del Telón de Acero. Son exactamente estas concepciones las que hacen aflorar toda suerte de prejuicios xenófobos entre los gobernantes y gobernados en estos países. Recordemos las manifestaciones anti-refugiados que desde que la crisis ha llamado a sus fronteras, han tenido lugar en Polonia y en Eslovaquia o la lamentable representación del primer ministro Viktor Orban. No nos puede extrañar ni sorprender que ahora, cuando más necesarias son las muestras de solidaridad y generosidad entre los estados miembros, retumben en nuestros oídos discursos que parecen extraídos de los años 30, que suenan en húngaro, eslovaco, polaco o checo y que se niegan a cumplir con lo pactado en sus tratados de adhesión, el derecho internacional adoptado por la UE, en este caso, el Estatuto del Refugiado de 1951. Sin incertidumbre sorprende la escasa memoria histórica de nuestros conciudadanos de la Europa Central y Oriental. ¿A lo mejor no recuerdan Budapest 1956? ¿No recuerdan Check Point Charlie y el Muro que ha dividido Europa?

La idea de una Europa sin fronteras existe desde la creación de la Comunidad Económica Europea, pero no se concreta hasta 30 años después. En 1984 una sucesión de huelgas de transportistas que estancan la frontera entre Francia e Italia aceleran las cosas. Un año después, el 14 de junio de 1985, se firma en la localidad de Schengen, en Luxemburgo, el pacto del mismo nombre entre cinco de los Estados de la CEE: Francia, Alemania, Holanda, Luxemburgo y Bélgica. Ingresa en vigor once años después, concretamente el 26 de marzo de 1995. Con la incorporación de España y Portugal, siete Estados de la UE suprimen sus controles fronterizos dentro de la región Schengen.

Esta grave ausencia de sintonía entre unos estados miembros y otros está conduciendo a una crisis aún mayor, la de las esencias sobre las que presuntamente se edificó la UE. Es más que posible que de nuevo no se avance en la construcción de una verdadera política europea de refugio. Por ahora, más parches en forma de cuotas de reasentamiento y de mayor control en frontera, con el que van a ser severamente penalizados los migrantes económicos que lleguen a la UE. Ni una palabra sobre la reforma del Reglamento de Dublín, ni una palabra sobre las limitaciones en el espacio Schengen que estamos presenciando. Y todo para alcanzar los famosos pactos de mínimos que sólo conducen a la parálisis Marca UE. En decisiva, de nuevo los ministros van a volver a casa sin soluciones en sus maletines.

La legislación comunitaria permite a los ciudadano de la UE circular libremente dentro del espacio Schengen, presentando simplemente un documento de identidad. Pero no se trata de un pacto “intocable”. La legislación actual permite a las autoridades nacionales “reintroducir excepcional y temporalmente controles fronterizos internos en caso de grave amenaza para la seguridad o de deficiencias graves en las fronteras exteriores.

Ruth Ferrero Turrión es profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid y en la Carlos III .

Otras fuentes combinadas en esta noticia:

  • Los 30 años de singladura del Espacio Schengen
  • Los valores de Europa