Por: SentiLecto

Foto: Wikipedia – Valdebebas-casas-y-parque

Leo Messi, que susurraba ya con el gesto torcido, se ha puesto a tiritar. Calado hasta los huesos, no ha tenido otra que aproximarse al grupo y modificarse la camiseta. Se había pasado la noche corriendo de un lado a otro. Inclusive ha buscado su gol prohibido, el olímpico. Pero siempre se observó demasiado solo en su pelea en contra del gol. El argentino, máximo goleadores de los clásicos , no marca frente al Real Madrid desde el 6 de mayo de 2018. Si va a haber más ocasiones, quién sabe.

Messi ya sólo es un constructor de ataque. Perdió la hegemonía del gol, del último pase. Cuando el caduco Koeman se dio cuenta, al

Hay noches que bien podrían quedar sintetizadas en una única escena. Por su consecuencia. Por la incoherencia de los nuevos tiempos. A Kroos le ha tocado botar una falta en la frontal del Sector tras arrancarle Vinicius una falta a Araujo. Cierto. Ya sabes, las barreras defensivas se han convertido en un tétrico show. Un circo de tres pistas. Esta vez no se ha tirado nadie al piso tras los traseros de los futbolistas. Pero la estrategia tramada para defender el golpe franco ha sido igualmente esperpéntico. Jordi Alba, el más bajito de la barrera, se ha echado correr hacia su propia portería para ubicarse bajo el travesaño, antes de que Kroos golpease el balón. Por lo tanto, para evitar que Ter Stegen tuviese margen de maniobra alguno a su derecha. La barbaridad ha tenido persistencia. Sergiño Dest, en lugar de hacer frente al tiro, eligió por girarse, causando así que la pelota modificara su trayectoria. ¿Y Jordi Alba? Él ya estaba sobre la línea. Esperando la llegada de la pelota. Pero con los ojos cerrados. Quién sabe por qué. Como no observó lo que le venía encima, el esférico golpeó en su cabeza y se coló sin remedio en su portería. Era el 2-0. Era la segunda subasta a puerta del Real Madrid en el partido.

Koeman ha errado en el planteamiento inicial de la noche. Ya no tanto por la insistencia en el esquema de los tres centrales, corregido tras el descanso, sino por permitir que esa zaga, sin el mando de Piqué, defendiesen a 40 metros de la portería ante un Real Madrid tan decisivo en la transición a campo abierto. Mingueza, ante la velocidad de Vinicius, no podía más que correr viendo al piso. Como si fuese el único modo de alcanzarle. Olvidarse del mundo y concentrarse en dejarse los pulmones. El orgullo de Mingueza ha sido tal vez la única bendición azulgrana. A Araujo, que hacía dos meses que no era titular, le tocaba descifrar a un delantero genialmente indescifrable como Benzema, quien ha dado la bienvenida al de Uruguay con su gol de tacón. Lenglet no ha corregido nada. Nunca lo ha hecho- o si centrarse en defender a Vinicius -tampoco lo ha hecho- mientras que Dest nunca ha sabido qué hacer, si atacar a Mendy -.

En el 1-0, por cierto, también ha asomado Alba para apuntarse el error. Es un futbolista desconcertante, principal arma ofensiva, y de hecho asistente en el gol de Mingueza, pero turulato en defensa. Ha abandonado el carrilero su postura para ir en busca de Valverde, sin tener en cuenta que el potente paso del centrocampista transformaría su insensatez en un pecado capital. Así ha sido. Valverde ha pasado a Alba como un rayo, ha dejado solo a Lucas y Benzema ha sacado el taco.

También padeció el Barcelona en el ataque estático, sin que el Real Madrid castigara ni la ausencia de Sergio Ramos ni la posterior herida de Lucas Vázquez tras un ingreso de Sergio Busquets.

Por otra parte, el partido inteligente, estratégico y dichoso del Real Madrid ha podido con un Barcelona que siempre se ha creído superior fatuamente. Sólo La supuesta superioridad es traducida en goles y Koeman, de comienzo, deja hambriento el ataque, con solo Dembélé en la punta, que se ha estrellado y ha hecho el ridículo, porque nunca ha tenido espacios y siempre ha necesitado un segundo delantero.

Koeman se ha corregido volviendo al 4-3-3. El Barcelona ha encerrado al Madrid. Ha reaparecido Sergio Roberto. También ha dado hilo a Griezmann, tan suplente como en el clásico de la primera vuelta. Pero quien ha revitalizado al Barça ha sido La Masia. Mingueza ha marcado con la tibia. Ilaix ha intimidado, con una subasta dramática al larguero. Y Messi se ha quedado, quién sabe, con una última falta. Se ha subido el calzón, pero su subasta, floja, ha absorbido la frustración.

Fuente: El Mundo

Sentiment score: SLIGHTLY NEGATIVE

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